Evangélicos y política en Argentina. La obsesión partidaria / Marcos Andrés Carbonelli

La victoria de Jair Bolsonaro en Brasil y las movilizaciones contra la despenalización del abortoen Argentina en 2018 posicionaron a los evangélicos en el centro de la escena mediática.

Tanto en prensa gráfica como en televisión e internet, los análisis coincidieron en caracterizar a lo evangélico como un fenómeno novedoso, homogéneo y amenazante. En efecto, la sorpresa frente a una fuerza inédita fue el gesto mediático dominante, al que se adicionó su caracterización como un bloque único, homogéneo, compacto, sin matices ni divisiones internas. Finalmente, el relato “progresista” de algunos comunicadores sociales conceptualizó a la movilización callejera evangélica como el síntoma de una presencia política capaz de impactar electoralmente y cercenar de derechos.

En esta triple caracterización gravita una estrategia comunicacional que simplifica, achata y empobrece el análisis sobre la potencialidad política real de los evangélicos en nuestro país. Por fortuna, el desarrollo del campo científico argentino en las últimas décadas habilitó importantes y cuantiosos trabajos que permiten complejizar la mirada.

En primer lugar, estudios históricos datan la presencia evangélica en nuestro país, por lo menos, desde la segunda década del siglo XIX, cuando las primeras dirigencias argentinas firman un tratado de amistad con potencias europeas para garantizar la libertad de cultos a ciudadanos protestantes residentes. Muchas décadas más tarde,en los albores del siglo XX, no pocos pastores y líderes evangélicos pelearon por la igualdad de derechos. Sus querellas respondían a la persecución de la disidencia religiosa; propiciada por la consustanciación entre identidad nacional e identidad católica, común en tiempos dictatoriales.

A partir de la recuperación democrática y gracias a su expansión demográfica, las diferentes comunidades evangélicas se movilizaron en el espacio públicopersiguiendo fines proselitistas, pero también políticos. En los noventa, para impedir la sanción de leyes aúnmás restrictivas y desiguales en la regulación del fenómeno religioso. En los dos mil, para pronunciarse sobre la extensión de derechos sexuales y reproductivos en la Argentina.

Este último tópico es el que permite rebatir la extendida idea de la homogeneidad evangélica. Si algo han demostrado los numerosos trabajos que analizaron las intervenciones religiosas en los debates recientes sobre educación sexual,  matrimonio igualitario y aborto (Cfr. Jones, Azparren y Polischuk 2010, Carbonelli, Mosqueira y Felitti 2011, Jones y Carbonelli 2012, Jones y Cunial 2012,  Esquivel 2015,  De Risio 2018)es que no existió un frente religioso unívoco enfrentado, en las calles y en los pasillos del lobby, al movimiento feminista y de la diversidad sexual. Por el contrario, los hallazgos muestran que no pocas instituciones y comunidades evangélicas tomaron distancia dela defensa a ultranza de un orden legal considerado cuasi sacro. Y no solo eso: también impugnaron la pretensión de otros sectores evangélicos de hablar en nombre del conjunto. En definitiva, en las controversias  mencionadas se contabilizaron comunidades y dirigentes evangélicos opositores a la extensión de derechos y aliadosa la jerarquía católica y otros que consideraron oportuno y hasta inclusive bíblico que gays y lesbianas pudieran casarse y que las mujeres pudieran abortar sin ser penalizadas por la ley.

En esta breve reflexión resta analizar la suerte de los sectores evangélicos en la arena electoral. Pese a la obsesión de círculos periodísticos y al deseo de no pocos pastores (que tienen en el caso brasileño el espejo añorado), todas las experiencias que apelaron directamente a la identidad evangélica para traccionar voluntades en la lid electoral fracasaron. Fracasaron en los noventa, cuando ensayaron la modalidad del partido confesional y volvieron a fracasar en los dos mil, cuando mixturaron sus ambiciones con estructuras e identidades propiamente políticas, tanto aquellas de raigambre peronista como las más cercanas al ideario de centro derecha. Las razones de esta suerte esquiva deben buscarse en las singularidades del intercambio entre legitimidades, capitales e identidades políticas y religiosas en nuestro país: si bien dichas transferencias son habituales y permean la formación de cuadros militantes y el diseño e instrumentación de políticas públicas (por solo mencionar dos fenómenos), cabe destacar que no sintonizan en el complejo decisional que sostiene al voto. Dicho con otras palabras: al menos por ahora, el cuarto oscuro es un espacio donde las identidades religiosas no poseen una fuerza determinista, decisiva.

Sin embargo, que los evangélicos no tengan potencia ni horizonte en el campo electoral no significa que no sean actores políticos. Una de las conclusiones de mi trabajo doctoral es la siguiente: la politicidad evangélica hay que buscarla en dos registros distintos a lo estrictamente partidario. Por un lado, en su intervención reiterada en los debates públicos sobre la extensión de derechos sexuales y reproductivos, donde (reitero) no actúan como un bloque homogéneo sino que se articulan en diferentes alianzas y bloques, respetando su pluralismo radical y constitutivo. Por el otro, en su rol como mediadores en la instrumentación de políticas públicas de carácter asistencial en barrios vulnerables. Tras la crisis del 2001, es imposible comprender la vida organizativa y política de los barrios populares del conurbano bonaerense y de otros, (como el Gran Rosario, La Plata y demás), sin incluir en el análisis a la agencia evangélica. Hace tiempo que los merenderos y comedores de las iglesias constituyen parte del repertorio de lugares a los cuales asistir cuando no se llega a fin de mes. Otro tanto ocurre con el consumo problemático de drogas: cuando una madre no puede resolver la adicción de su hijo/a, contempla la internación en espacios evangélicos como una vía más que efectiva. Esta expertise cristiana en la resolución de problemas de la cotidianeidad esmerilada cosechó tal nivel de legitimidad “desde abajo” que terminó por captar la atención de referentes políticos de las más diversas fuerzas, los cuales no dudaron en incorporarla al savoir faire de la gestión.

En definitiva, son las arenas públicas y los meandros de la gestión los lugares más importantes, a mi juicio,  para seguir con detalle el derrotero político de los actores evangélicos en la Argentina contemporánea. Un derrotero que sin duda tomará distancia de otros contextos latinoamericanos al mismo tiempo que traslucirá con justeza las mutaciones y continuidades de los cruces autóctonos entre religión y política.