De la culpa biográfica a las causas sistémicas: la estructura productiva nuevamente en el centro de los estudios laborales / Mariana Fernández Massi

Las estructuras ocupacionales contemporáneas presentan una importante heterogeneidad en las condiciones laborales. Este rasgo ha sido resaltado en la literatura económica y sociológica para discutir con la noción de un mercado laboral homogéneo que predominaba hacia mediados del siglo XX en la teoría económica ortodoxa. De aquel tiempo a esta parte, han surgido diferentes explicaciones que dan cuenta de tal heterogeneidad y la preeminencia de unas u otras ha variado según el momento histórico. Esto se puede apreciar claramente en las publicaciones de los principales organismos que estudian el tema[1].

Desde mediados de siglo y hasta la década del 70 los estudios sobre la heterogeneidad del empleo se vinculaban muy estrechamente a aquellos sobre el desarrollo: la urbanización, el proceso de industrialización, entre otros. En la década del 80 y 90 abundaron las investigaciones centradas en las características individuales de los trabajadores y el modo en que las mismas condicionaban su decisión de participar del sector o el empleo informal. Actualmente, en las investigaciones laborales han recobrado protagonismo las características de los establecimientos o las actividades en las cuales se generan los empleos (Infante, 2011; OIT, 2015; Weller, 2014).

Las explicaciones de la calidad del empleo basadas en características individuales de las personas y aquellas centradas en los rasgos de la estructura productiva se basan en distintos enfoques teóricos. En ambos casos, se asume que la calidad del empleo está asociada a la productividad, sin embargo, se distinguen por la concepción acerca del funcionamiento de los mercados de trabajo subyacente en uno y otro.

Quienes explican las diferencias en la calidad de empleo entre trabajadores a partir del análisis de los rasgos individuales de los mismos parten del análisis neoclásico del mercado de trabajo. La decisión de contratación de mano de obra por parte de los empleadores depende de la relación entre el producto que aporta un trabajador adicional y el nivel de salarios. No intervienen entonces aspectos vinculados a aspectos productivos y económicos de la actividad. Bajo este marco, la productividad es un atributo del trabajador. Al ser entendida como un atributo individual, la productividad se encuentra directamente relacionada con los años de formación de los trabajadores. El fundamento de esta asociación está dado por la teoría del capital humano: a mayor educación, mayor será su productividad y, en consecuencia, su salario será más alto.

Quienes, en cambio, centran su atención en los rasgos productivos y económicos de las actividades consideran que la productividad es un atributo del puesto de trabajo. Así, el salario percibido y las características de la contratación no están directamente relacionados con atributos individuales del trabajador, sino al puesto –asociado a su vez a las características del proceso productivo, la firma y el sector de actividad-.  Bajo esta perspectiva, las explicaciones basadas en las características de la demanda laboral son las adecuadas para comprender la generación de puestos precarios y las basadas en la oferta de trabajo responden a la pregunta sobre cómo se ocupan luego esos puestos.

En la literatura económica que aborda los problemas vinculados al empleo abundan las visiones que responsabilizan al trabajador por las características del empleo que posee. Si bien un conjunto de estudios reconocen que los atributos individuales o familiares son relevantes para comprender cómo se asigna el empleo de calidad, no explican por qué se genera. Así, para trazar relaciones entre la estructura productiva y las características del empleo es preciso remontarse a abordajes bibliográficos de décadas pasadas. La riqueza de aquellos abordajes constituye una base sólida para los estudios actuales que vuelven a poner la estructura productiva y las relaciones allí establecidas en el centro de la discusión sobre el mundo laboral.

Habitualmente los estudios que abordan la heterogeneidad en las condiciones de empleo asocian este rasgo a la coexistencia de sectores productivos modernos y atrasados –esto es, a la heterogeneidad de la estructura productiva-. En estos estudios la escala de producción, como variable proxy de la productividad, constituye uno de los principales rasgos para comprender tal heterogeneidad. Sin embargo, esta perspectiva invisibiliza las conexiones existentes entre los distintos sectores productivos y de allí que otros enfoques centren su análisis en la integración entre los mismos para explicar las características de los empleos ofrecidos. Así, es pertinente distinguir por un lado aquellas explicaciones que consideran que los sectores atrasados funcionan con cierta autonomía del resto de la economía, y, por otro, aquellas que encuentran en su integración la clave para comprender la heterogeneidad de empleos.

Con el propósito de evaluar tales explicaciones, en mi tesis de maestría, analicé las diferencias en las condiciones de empleo de los trabajadores asalariados a partir de las características de los sectores productivos y las relaciones establecidas entre los mismos. Mediante un abordaje cuantitativo basado en datos de la Encuesta Permanente de Hogares se construyó una tipología del tipo de puesto de empleo por rama de actividad. Así, las diferentes actividades productivas han sido clasificadas cuatro segmentos según las condiciones de empleo medias de cada una: i. alta inestabilidad e incumplimiento de derechos; ii. incumplimiento de derechos, baja calificación y bajos salarios; iii. jornada laboral flexible y muy altos salarios; iv. altos salarios, estabilidad y cumplimiento de derechos. El segmento 1 comprende las actividades paradigmáticas en los estudios de informalidad: construcción, producción textil, servicio doméstico y sector agrícola; mientras que el segmento 3 comprende fundamentalmente actividades extractivas orientadas a la exportación. La industria y los servicios se reparten entre el segmento 2 y 4: el primero comprende las ramas de industria liviana y servicios tradicionales, y el segundo las ramas de industria pesada y servicios modernos.

La caracterización de las ramas de actividad que componen cada segmento a partir de estadísticas económicas permite reconocer elementos vinculados a los enfoques de autonomía, así como a también otros referidos a los enfoques de integración. Tal como señalan los primeros, la escala de producción es sumamente relevante para comprender las diferencias en la calidad del empleo entre segmentos en Argentina, pero no es suficiente para explicarlas.

Las diferencias por tamaño de establecimiento especifican la relación entre segmento y calidad, pero además no es igual para todas las expresiones de esta última. En lo referido al cumplimiento de los derechos laborales individuales –fundamentalmente el registro en la seguridad social- y en las referidas a la estabilidad –duración de contrato y antigüedad- las diferencias entre los segmentos son más fuertes en las empresas pequeñas; en empresas grandes la estos aspectos de la calidad del empleo tienden a ser más uniforme. En cambio, en los aspectos del empleo vinculados a la flexibilidad en la jornada laboral y al salario, las diferencias entre segmentos son más relevantes en las empresas de tamaño medio.

Los enfoques de autonomía señalan que otro aspecto crítico para comprender la calidad del empleo generado es el tipo de inserción externa del sector de actividad. Así, en la formulación clásica de este enfoque, las actividades más modernas y vinculadas a la exportación ofrecen los mejores empleos, mientras que las actividades atrasadas, que destinan su producción al mercado interno, ofrecen los peores. Sin embargo, a partir del análisis del comercio internacional en las ramas industriales comprendidas en cada segmento se observa que en todos hay actividades exportadoras, pero mientras en los segmentos de mayor informalidad y menores salarios las exportaciones son materias primas agropecuarias y sus derivados, en los de mayores salarios son fundamentalmente manufacturas de origen industrial.

Las diferencias de productividad y de inserción internacional son reconocidas tanto por enfoques de autonomía como de integración. En realidad, el eje del debate entre ambos enfoques está en el análisis de los vínculos productivos entre los diferentes segmentos. A partir de los datos de la matriz insumo-producto actualizada se observa que las relaciones comerciales más fuertes se dan entre ramas de un mismo segmento, pero también hay relaciones relevantes entre ramas de distintos segmentos.

El segmento de muy alta informalidad y el de muy altos salarios y flexibilidad horaria se ajustan mejor a la caracterización que los enfoques de autonomía realizan al distinguir dos segmentos de la estructura productiva y ocupacional. El primero utiliza insumos provenientes del segundo, pero prácticamente no vende su producción allí, que destina buena parte de su producción a la exportación. Sin embargo, entre ambos solo explican una cuarta parte del empleo asalariado total.  El segmento de incumplimiento de derechos, baja calificación y bajos salarios, destina una alta proporción de su producción al consumo final, tal como asumen los enfoques de autonomía para el sector informal. Pero en sus ventas intermedias, todas las ramas que lo componen venden una pequeña parte de su producción al segmento de altos salarios y elevado cumplimiento de derechos. Si bien este último obtiene la mitad de sus insumos al interior del mismo, un 25% de sus insumos provienen de aquel segmento.

Así, se encuentran algunas evidencias que avalan los argumentos de autonomía entre segmentos pero también otras que permiten concluir que al interior de la industria y de ciertas actividades de servicios resultan plausibles los argumentos la integración. El renovado interés por la relación entre estructura productiva y calidad de empleo encuentra en estos enfoques un antecedente fecundo, pero requiere revisarlos y resignificarlos en un nuevo contexto productivo.

La distinción entre uno y otro, y la especificación de los ámbitos en los cuales resultan pertinentes no sólo es relevante por un capricho intelectual; sino también porque para plantear las condiciones bajo las cuales es posible que tales brechas se reduzcan es crucial discernir cuál de las dos hipótesis es más adecuada en cada caso. Si el atraso se da en condiciones de autonomía, el mejoramiento de las condiciones de empleo en los segmentos más atrasados no afectará las condiciones de acumulación de los segmentos más modernos; y los esfuerzos puestos en el fortalecimiento de su productividad y desarrollo tecnológico podrán ser apropiados por las firmas y sus trabajadores. En cambio, si la integración explica mejor el atraso de ciertas empresas/actividades, tales condiciones se verán afectadas. E incluso, puede suceder que a pesar de desarrollar acciones tendientes a mejorar la productividad de los establecimientos, dotarlos de tecnología, etc., las mismas no redunden en mejores condiciones económicas y laborales de esos establecimientos, sino que se trasladen a firmas de otro segmento. Será preciso, por ejemplo, buscar redes alternativas de comercialización y vinculación productiva, así como también regular las relaciones comerciales y de subcontratación.

 

Referencias:

Infante, R. (2011). Tendencias del grado de heterogeneidad estructural em América Latina, 1960-2008. In R. Infante (Ed.), El desarrollo inclusivo en América Latina y El Caribe (pp. 65–94). Santiago de Chile: CEPAL.

Organización Internacional del Trabajo. (2015). Pequeñas empresas, grandes brechas. Empleo y condiciones de trabajo en las MYPE de América Latina y el Caribe.

Weller, J. (2014). Aspectos de la evolución reciente de los mercados laborales de América Latina. Revista de La CEPAL, 114, 7–29.

 

Notas


[1] Es preciso notar un cambio en la participación de los distintos organismos internacionales en esta discusión; que puede interpretarse como otro síntoma del cambio de perspectiva. La Comisión Económica para América Latina y el Caribe y la Organización Internacional del Trabajo, a través de su programa para América Latina, fueron protagonistas en las discusiones hasta la década del 80, a partir de allí, si bien siguen teniendo un rol importante, ganan relevancia las perspectivas y los trabajos del Banco Mundial. Si bien en los debates intervienen autores no vinculados a estas organizaciones, los cambios de perspectiva adoptados por estas últimas puede considerarse como un “reflejo de época” en los ambientes tanto académicos como gubernamentales en los cuales se discuten estos temas.